sábado, 3 de enero de 2015

El paisaje como cotidianidad anhelada


Oníria y realidad enfrentados en nuestra percepción visual con la percepción inconsciente de la recuperación del espacio ideal, mágico, sublime y antesala de la dicha anhelada. Porque claro, no solo es el paisaje todo lo que anhelamos, sino que es solo uno de los elementos lúdicos para ello.
Pero el paisaje tiene la cualidad de recrear al tiempo y la memoria...
 Pero el paisaje es aún más que eso. Tiene cualidades idenditarias en las que uno se reconoce a si mismo a través de las miradas de las montañas, de las sonrisas de las nubes que cubren las enramadas, las caricias de las aguas mansas y los enojos de las olas de otoño. El paisaje es espejo y eslabón del grillete que me ata a la tierra...
 El paisaje son los jardines de nuestra casa, en el encontramos las flores que hemos de cuidar, los árboles que sombra han de procurar. El viento amable que recorre fresco por nuestros muros solitarios y la armonía de permanecer en la distancia con vida propia.
 A través de los paisajes los humanos hemos visto al tiempo pasar, y hemos impreso en él a veces nuestra ignorancia y arrogancia creyendo que sus recursos son infinitos. Hemos mutilado y cercenado algunas vidas, hemos visto pasar a las viejas maquinas a través de puentes construidos para llevar sus productos. El tiempo mira sin desdén cómo la memoria humana es tan corta como para no avizorar el breve tiempo que solo miramos. 
 Las mitologías también han sido muchas veces inspiradas por los pueblos que admirados por el paisaje, retoman sus cualidades y adornan los mitos: la Matlalcueye con su falda de Jade que alimenta a los habitantes de Puebla y Tlaxcala, los cuatro árboles cósmicos colocados después del diluvio para sostener el cielo...
 El sol además da ese toque especial a los mitos, el cual al salir y meterse encumbra una de las principales mitologías mesoamericanas. Recordemos además que cuando el sol apareció, el hombre también fue creado...
 "Buscamos nuestra casa" como el Tamoanchan antiguo, donde los dioses tenían su casa. Universo dador de agua y plantas, donde los dioses se también nacieron y nombraron a las cosas más bellas de este mundo.

Deidades y hombres transitan así los paisajes encumbrados por cielos y límites de paraisos. El verdadero espíritu de las aguas, de las montañas, de los riscos, de las protuberancias ondas de la tierra; los volcanes elevados que señalan la relativa existencia de quienes estamos cerca de ellos, son también parte de este paisaje excelso...



 Domesticar el tiempo natural es domesticar a los aliados de dioses para permitirnos producir y elaborar los alimentos.  El paisaje puede contar con la milpa como aliada, cuando en su ciclo vegetal contempla los ciclos solares, de los astros, de las lluvias, de la vida misma...


Y así, una tarde cualquiera frente a un río, o un sol que cae en el horizonte, con un cielo resplandeciente y de fuego intenso, no es menos que la tarde de muchas generaciones de hombres y mujeres postrados frente al manantial de vida que se entreteje en las distancias, en los ojos mismos de quién mira, en el recuerdo de la perseverancia ensoñadora, en la memoria de todos los hombres... porque al final, somos para la tierra!!!!

3 de enero, de 2015...

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